lunes, 15 de diciembre de 2014

El hambre emocional


Crecemos con la costumbre de recurrir a los alimentos como un mecanismo de control de nuestras emociones. Y si seguimos por ese camino, con el tiempo y los excesos, el panorama puede tornarse desolador.


C:\Users\PC5\AppData\Local\Temp\FineReader11.00\media\image77.jpegSentarse a la mesa y compartir el pan y la sal con quienes amamos, es una costumbre que ha pasado de generación en generación, sin importar la cultura a la que pertenezcamos los alimentos son el elemento ideal para festejar a alguien, recompensar por algo que hizo, brindar alivio cuando se pasa por alguna pena.

Estamos tan acostumbrados a esta estrecha relación entre la comida y las emociones que no percibimos que es justamente lo que nos lleva a caer en excesos o a abordar los estados emocionales a partir de ella. Desde que somos pequeñas, bebés para ser exactas, empezamos a crear esta relación de bienestar y alivio con la comida y, de manera paulatina, se va transformando al grado de hacernos sentir culpables cuando preferimos no terminar un platillo o nos negamos a comer algo que se ha hecho especialmente para nosotras.

Y así lo confirma Alfonsina, de 34 años quien pudo vencer el sobrepeso: “Mi abuela era una mujer que gozaba cocinar, siempre nos sorprendía con nuestro platillo favorito o con algo nuevo que había aprendido a realizar. Además tenía la costumbre de llenar la mesa de recipientes con salsa, queso, tortillas, aguacate y frijoles, para que comiéramos algo mientras terminaba de preparar los alimentos.

Pero con esta tentación enfrente, cuando la comida estaba lista no era posible seguir ingiriéndola, por lo que de inmediato venía el reproche de mi madre: tu abuela pasó toda la mañana preparando todo esto para nosotros, y no le vamos a hacer la grosería de dejarle todo intacto. Acto seguido, teníamos que comer sin dejar una sola migaja para no lastimar a mi abuela”.

En la adolescencia, agrega Alfonsina, la situación se complicó aún más, porque me preparaba vastos lunch para el colegio y además tenía que llegar a comer. “En ese tiempo mis padres se separaron y yo lo sentí mucho, así que mi abuela guisaba con más ahínco para consentirnos. A mis 18 años tenía ya un sobrepeso importante y cada vez que me decidía a ponerme a dieta y empezaba a perder kilos, ellas me decían que me veía muy desmejorada y que eso no era sano, así que no solo volvía a ganar lo que ya había perdido, sino que ganaba más peso”.

No fue hasta los 25 años, cuando se emancipó de su casa, que se sintió capaz de poder tomar las riendas de su vida y cuidar de su físico para llevarlo a un estado saludable. “Opté por visitar a un psicólogo por recomendación de mi nutricionista y ahora he podido aprender a reconocer y canalizar mis emociones de una manera sana, sin recurrir a los alimentos”.

Una relación sana


El objetivo no es ponerle a los alimentos la etiqueta de enemigos, por el contrario, se trata de un placer irrenunciable que influye en nuestra salud física y emocional, el reto, comenta Hans Olvera, consiste en aprender a relacionarnos con la comida y detectar cuándo estamos comiendo para tapar un hueco y cuándo realmente tenemos apetito.

Y agrega que es muy importante en este ejercicio, dejar de sentirnos culpables por decir "no” si no nos apetece algo, aunque quien nos deleita con el platillo haya dedicado tiempo, dinero y esfuerzo a su elaboración. “El chantaje es muy común cuando uno se niega a comer, sin embargo, hay que manejarlo y esto se puede lograr explicando las razones por las que no se desea en ese momento.

Siempre es posible guardar el alimento para mejor ocasión o bien se pueden cuidar las raciones que se consumen. Tal vez se pueda optar por tomar una cucharada de pastel en lugar de un trozo. En cualquier caso, es importante informarle a la gente que nos quiere que estamos en un proceso y que nuestra negativa a comer no quiere decir que estemos enojadas con ellos”. Alimentarte es una responsabilidad.

Se trata de darle a tu cuerpo elementos que le ayuden a funcionar perfectamente y a hacerte sentir saludable. Cada vez que te lleves un alimento a la boca recuerda que comer es un placer y que nunca debe estar relacionado a tus emociones, sino al puro objetivo de deleitar tu paladar y nutrir tu organismo.

Acerca del hambre y las emociones


Un estudio de la UNAM, reveló que el estrés genera una respuesta fisiológica en la que se produce la hormona cortisol, que promueve la acumulación de grasa en el abdomen.

 El apetito emocional se inicia desde que somos bebés: cada vez que llorábamos nuestra madre nos alimentaba y acariciaba. Por eso los adultos buscamos ese sentimiento de seguridad. ¡Cuidado con los carbohidratos! Es común recurrirá ellos, porque se ha comprobado que liberan serotonina, un neurotransmisor que nos genera buen estado de ánimo.

Los alimentos ricos en grasa, como el helado, generan sustancias químicas corporales que crean una sensación de satisfacción y logro.

No hay comentarios :

Publicar un comentario